Cuando se va la luz en Venezuela: Claves para la salud mental en contingencia

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«Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al desafío de cambiarnos a nosotros mismos.»  Viktor Frankl

A nivel anímico, un apagón no empieza ni termina cuando la electricidad se interrumpe o regresa. Los cortes prolongados y repetitivos constituyen un estresor colectivo que altera el ritmo biológico, interrumpe el descanso y somete a la población a una incertidumbre persistente. La afectación emocional no es debilidad, sino la respuesta adaptativa del organismo a un entorno inestable. Comprender esta reacción y aplicar herramientas de autorregulación resulta indispensable para preservar la salud mental ante la contingencia. El cerebro humano está diseñado para detectar amenazas y movilizar recursos para la supervivencia; ante la incertidumbre de una falla eléctrica, interpreta la situación como una amenaza y activa una respuesta de alerta, liberando adrenalina y cortisol.

La presencia permanente de niveles elevados de cortisol mantiene al organismo en un estado de alerta continua, esta tensión constante altera la calidad del sueño, desestabiliza el estado de ánimo y dificulta la concentración. Por lo tanto, se experimenta irritabilidad, fatiga persistente, tensión muscular y sensación de frustración o culpa. La meta no consiste en «eliminar el cortisol», sino en facilitar la autorregulación del organismo a través de conductas y hábitos sencillos que le envíen al cerebro las señales correctas de calma y seguridad.

Estrategias de contención psicológica:

1. Preservación de rutinas y enfoque atencional

Es imprescindible redirigir la energía únicamente hacia aquello que está bajo nuestro control directo. Mantener resueltos los aspectos logísticos básicos —como almacenar agua, cargar baterías o disponer de linternas a mano— permite pasar de la reactividad al control sereno, atenuando el disparo inicial de cortisol cuando la luz se corta. Del mismo modo, delimitar claramente lo que depende de nosotros frente a lo que se escapa de nuestras manos (como los horarios de restitución) detiene el bucle mental. Conservar rutinas regulares para comer, descansar y levantarse —incluso a oscuras— le devuelve a la mente la sensación de orden que la contingencia le resta.

2. Higiene y gestión informativa

El monitoreo compulsivo de redes sociales y grupos de mensajería mantiene la mente en constante hiperactividad. La recomendación es establecer dos o tres momentos específicos al día para consultar fuentes confiables y desconectarse activamente el resto del tiempo. Informarse no debe confundirse con permanecer en vigilancia permanente.

3. Flexibilización de expectativas y alternativas sin pantalla

Exigirse los mismos niveles de rendimiento o productividad durante un apagón que en condiciones normales solo genera impotencia y culpa. Es necesario ajustar el discurso personal: sustituir el reclamo de «no logré cumplir lo programado» por el enfoque realista de «avancé en lo técnicamente posible dentro de las circunstancias actuales». Para evitar sostener la frustración por horas, resulta útil diseñar de antemano un plan de actividades placenteras que no requieran electricidad ni pantallas (lectura en físico, escritura, juegos de mesa o estiramientos). Aprender a reinterpretar la interrupción no como una pérdida inútil de tiempo, sino como una pausa programada, modifica directamente nuestra respuesta emocional. Al cambiar el significado que le atribuimos a la inactividad forzada, el cerebro deja de percibirla como una agresión del entorno, aliviando la carga acumulada.

4. Movilización corporal y descanso estratégico

El movimiento físico (caminar, realizar estiramientos o ejercicios sencillos en casa) junto con pausas de respiración lenta ayudan a liberar la tensión muscular acumulada, reducir la frecuencia cardíaca y mejorar el ánimo. Asimismo, dado que el sueño es la principal vía de recuperación del cuerpo, es prioritario aprovechar los momentos de tranquilidad para descansar, reduciendo el consumo de estimulantes como el café o el alcohol, que alteran aún más la calidad del reposo.

5. Resguardo del tejido social

El aislamiento profundiza la sensación de indefensión. Llevar el malestar en silencio —incluso conviviendo en el mismo hogar— intensifica el desgaste psicológico. Fortalecer las redes de apoyo mediante la conversación activa con familiares, amigos o vecinos permite distanciar la mente de la preocupación continua. Intercambiar vivencias y cultivar el contacto cercano atenúa el impacto del estrés, devolviendo una necesaria sensación de pertenencia y respaldo mutuo.

¿Cuándo buscar atención especializada?

La contingencia continuada ha expuesto a la población a altos niveles de fatiga y ansiedad; hasta cierto punto, estas respuestas son comprensibles. Sin embargo, cuando las alteraciones del sueño, la angustia o la tristeza se vuelven crónicas, la persistencia del estrés puede generar desequilibrios fisiológicos que no se resuelven únicamente con fuerza de voluntad. Si el malestar interfiere de manera marcada con el funcionamiento diario, es indispensable buscar orientación profesional.

Frente a años de incertidumbre, el venezolano ha consolidado una sólida resiliencia, cimentada en la templanza, la determinación y la capacidad adaptativa de nuestros ciudadanos. Habiendo demostrado la fuerza para sortear este nivel de adversidad, queda claro que poseemos los recursos psicológicos y humanos necesarios para trascender cualquier desafío colectivo que se presente en el futuro.

[1] Abogado y psicólogo en el exilio.

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